Un dia, hace muchos años atrás, en una charla que tuve con mi ex-suegra, me contaba con zozobra el remodimiento que sentía el haber dado todo a su hijo (en ése momento mi marido), y no haberle prestado la atención necesaria, no ponerle los límites que un adolescente necesita y como consecuencia de ésta falta de atención cayó en adicción a las drogas. Se relacionó con gente de mala reputación.
Hoy recordaba que ella, con lágrimas en los ojos, deseaba que su hijo no cometiera el mismo error con sus hijos el dia de mañana.

Lamentablemente hoy la historia se repite con mi hijo adolescente de 15 años. Más por el hecho que viven en un mismo techo, abuela y padre. Si antes, cuando éramos una familia, ella influenciaba indirectamente al nene para ser el mejor, destacarse y a tener las mismas preferencias que su padre, hoy mi hijo se encuentra totalmente fuera de mi órbita, de mi alcance, al tener ella total control emocional del nene inculcando maliciosa e intencionalmente, deformando sus sentimientos hasta lograr se formase una tremenda barrera entre mi hijo y yo. No sólo por el total control que ella tiene en la crianza de mi hijo, sino por la marcada ausencia paternal.

Tal es la situación actual que se amputa el sustento del crecimiento armónico de mi hijo con el afecto y apoyo de ambos padres. Y esto no sólo concierne a lo material, en su justa medida, sino también en lo afectivo.

Como padres deberíamos acompañarlos en igual medida desde ambas partes en su búsqueda de identidad, sus sentimientos, sus dolores, sus logros, sus alegrias, sus angustias. Ayudarlos y hacerles sentir nuestro amor, que tanto en su padre como en su madre sientan ésos dos pilares fuertemente donde apoyarse y sentirse protegido, contenido en los momentos más dificiles.

De esta manera nuestros hijos estarían eternamente agradecidos con nosotros por respetar su voluntad de crecer libremente con ambos padres.